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La obra ha de sostenerse a sí misma

febrero 18, 2026, 14:21
Texto de Susana Castro


Mirar la obra limpia y clara de Susana Gaitán es ser consciente al instante de lo absurda que puede resultar una explicación de sus cuadros, como si correspondiera a la ceguera iluminar a la vista. Como en un juego erótico en el que la autora dispone los elementos, nos los muestra y nos deja a solas con ellos, se hace uno maestro de las herramientas y las cuerdas, pero se elimina todo discurso para poder abandonarse al placer. Así en la obra de Gaitán. Un parpadeo y cambia la luz. Un latido y recomienza el mundo. Una mirada fija y se traspasa el lenguaje.

La obra de Gaitán es básicamente una representación de la condición humana y la relación con la Naturaleza, lo que somos. La desnudez como naturalidad y libertad, pero siempre con una muy marcada identidad en cada rostro, en cada pliegue de la carne. Ahí está la vida de esos cuerpos, y su retrato es su homenaje a esas amigas que posan, dejando constancia de la belleza que hay en la fuerza de una mirada. Y como cuerpos y miradas vivas que son, siempre queda algo de superficie imperfecta, casi sin pintar o con pincelada visible. Pero hay que acercarse para ver.

Las miradas de las mujeres de sus obras hace pensar que Gaitán ha descubierto una clave, y que si las miramos fijamente hasta perdernos en ellas, quizás nosotros podamos también descubrirla y transitar la selva de la propia psique como si fuera sendero claro y no lodazal cubierto de maleza. Y es que este tipo de belleza, más que un anhelo arropado por la vestimenta conceptual del arte moderno, es un animal salvaje y puro como una certeza. La de lo hermoso que es siempre un cuerpo fuerte, latente, sin más ataduras que las propias de la tan divina como natural conjunción química y biológica que hace posibles los milagros de la vida y el arte.

Podría uno decir que su estilo es hiperrealista, pero la autora no lo cree así, ni mucho menos lo pretende. Sus referentes son mayormente autores antiguos, y no es casualidad. La simbología no es azarosa. Todos los elementos encajan perfectamente unos con otros, como los órganos vitales de cualquier organismo autónomo que a pesar de esa individualidad forma parte de un todo, no por obligación, sino consciente y armoniosamente. Los cuerpos trascienden la propia piel y se complementan con los elementos próximos, que ayudan en su pulsión vital como si de órganos propios aunque externos se tratase. Todo sabe de su lugar en el conjunto, y se acomoda y lo agradece, aunque no por ello deja de transformarse y evolucionar. Nada hay de sucio o bajo en lo mundano, al revés, se muestran el cuerpo y la naturaleza para no olvidar jamás lo sagrado.

Porque el cuerpo, como la obra, aunque pueda resultar placentero el contacto rugoso con los pliegues y los nudos, no necesita cuerda –ni discurso- que lo sostenga. Al juzgar nuestro propio intelecto a menudo nos maravillamos con el uso que hacemos del lenguaje, como si fuera ese rasgo de lo que queremos creer divino lo que nos hace humanos, olvidando que solo la carne es prueba de sí misma, y que no necesita vestirse para ser. Así el arte, al que debería bastarle con mostrarse, en lugar de verse envuelto en capas y capas de tejido lingüístico que, si bien a veces adorna, en ningún caso debería ser nunca sustituto de la esencia.

En un tiempo en que se recurre en exceso a la ilusión óptica e incluso a la discursiva, el cuerpo desnudo se presenta como lo que es -la materia que todo lo contiene, fluidos y ánima, innegable vida y previsible muerte- al tiempo que se rebela contra lo que no es –contenedor inmundo carente de valor, frágil osamenta que sustenta elevadas conciencias-.

La sociedad moderna –y con ella gran parte de las manifestaciones artísticas- pretende esconderlo cuando se muestra así, crudo y hermoso, y permite mostrarlo solo si viene envuelto en artificios, sean estos morales o pornográficos. Pero por suerte, todavía hay quien, como Gaitán, encuentra consuelo en las palabras de Egon Schiele "El arte no puede ser moderno, el arte es eterno" y se alegra al saberse parte de un ciclo natural de vida y muerte como el que pinta en sus obras.

Y con esas palabras pegadas a la yema de los dedos, respira y pinta Susana Gaitán, erguida frente al lienzo y la vida, en un mundo tan dado a lo bajo.



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